Alfaro comenzó su trayectoria realizando pequeñas esculturas de alambre y latón, una tarea fundamentalmente manual e inmediata.
Más tarde se internó en el trabajo con planchas de metal, que
recortaba o doblaba como si de papel se tratase.
En
los años setenta, Alfaro descubrió las posibilidades que ofrecía la estructura
de la generatriz, es decir, la construcción del espacio escultórico en forma de
figuras abstractas, más o menos representativas o simbólicas, derivadas de la
sistemática repetición de unos elementos en forma de varillas o barras de metal
igualmente rectas.
A partir de los años ochenta, sin embargo, la obra de Alfaro
comenzó a diversificarse tanto formal como materialmente. Los hierros se
convirtieron literalmente en dibujos tridimensionales. Ya al final de su trayectoria apareció la piedra.